miércoles, 4 de abril de 2012

"LA INVENCIÓN DE HUGO CABRET" Martin Scorsese (2011)



Si esta crítica tuviera que llevar un título este sería el de “Amor y Pedagogía”, ya que Scorsese, alejado esta vez de sus películas siempre teñidas de conflictos y violencia, se planta en las salas con una historia para toda la familia, cargada de amor por el cine y con voluntad de transmitir ese amor a los más jóvenes.
“La Invención de Hugo Cabret” es una delicia cinéfila para todos los públicos que bien podría tratarse de dos películas en una: por un lado tenemos la historia de Hugo (Asa Butterfield), un joven pre-púber de vida dickensiana, huérfano reciente, vive con su tío, relojero y de mal beber, en la torre de un reloj en una transitada estación de trenes en París. Su padre (Jude Law), también relojero, le inculcó su amor por los relojes, su funcionamiento y toda clase de mecanismos como el oxidado autómata del S.XIX que encuentra olvidado en el almacén de un museo y que ambos querían reparar.

Ahora Hugo, tras la desaparición de su tío, vive solo y bastante triste entre los túneles y pasadizos que llevan a su pequeña habitación en la torre. Mientras engrasa y ajusta el reloj para que siempre dé la hora, espía por entre las rendijas a los personajes que habitan diariamente la estación: la vieja dueña del bar, la joven florista, el pintor bohemio, el temible guardián de la estación con su doberman que perseguirá incansable a Hugo y a cualquier huérfano que se tope en su camino, y el gris y cascarrabias vendedor de juguetes. En sus noches Hugo recuerda a su padre, mientras intenta reparar el viejo autómata. El extraño mecanismo del muñeco y su afán por repararlo le llevará a robar piezas del viejo vendedor de juguetes y a establecer una relación de amistad con Isabelle (Chloë Grace Moretz), su simpática y resabiada hija, que le ayudará a resolver el misterio que esconde el autómata.
La segunda línea argumental, que va perfectamente entrelazada con la melodramática historia de Hugo, es la que surge a flote una vez el autómata se pone en marcha y transmite un misterioso mensaje: un dibujo de una luna con un cohete en el ojo. Gracias a sus ansias de aventura descubrirán que Papa George, padre adoptivo de Isabelle y vendedor de juguetes, es ni más ni menos que un traumatizado y olvidado George Méliès (Ben Kingsley), un auténtico pionero del cine que vio en el invento de los hermanos Lumiere (quienes lo consideraban un artefacto sin futuro) una fuente inagotable de imaginación, magia y sueños. Con la ayuda de un historiador del cine, la figura del cinéfilo por excelencia que bien podría ser el alter ego de Scorsese, intentarán que Papa George no rehúya de su pasado y que comprenda que no ha sido olvidado.





Sin llegar al biopic, pero recordando los documentales cinéfilos de Scorsese, Méliès recordará en flashbacks sus inicios como cineasta. Y aquí, Scorsese pone toda la carne en el asador utilizando para ello una reconstrucción de los escenarios utilizados por Méliès  y que forman parte ya no solo de la historia del cine sino del imaginario colectivo del arte universal. No obstante ya desde el inicio Scorsese deja claro que la utilización del 3D no es baladí y está absolutamente justificada. La cámara, serpentea entre los túneles, entre la muchedumbre de la estación, se disuelve como mantequilla en una sartén y nos proporciona una luminosidad e incluso una artificialidad (que a veces recuerda a Jeunet) digna del propio George. Pero, a su vez, nos convierte en una suerte de espectadores a lo Lumiere, aquellos primeros e inocentes visitantes de barracas que se levantaban asustados de sus sillas al ver acercarse en la pantalla al tren llegando a La Ciotat. Así nosotros nos maravillamos ante la técnica, y a veces se nos escapan las manita como si así pudiéramos sentir la nieve que cae o acariciar al perro que sale abruptamente de la pantalla.




De todos es bien conocida la relación de Martin Scorsese con la fundación sin ánimo de lucro The Film Fundation, que persevera en la conservación del celuloide. “La Invención de Hugo” no es solo un canto de amor al cine, sino también un toque de atención para preservarlo y protegerlo del paso del tiempo y sobre todo del olvido. Hugo, es de hecho un cinéfilo en potencia: voyeur que, escondido tras las manecillas observa las idas y venidas de los pasajeros en la estación, además de ser un enamorado de los mecanismos: los autómatas (tan Hofmannsthalianos, tan Metropolis), los relojes y por supuesto, el cine que no deja de ser otro mecanismo. De hecho, cuando Isabelle, en su ansia aventurera, le confiesa que nunca ha ido al cine, horrorizado la lleva inmediatamente (aunque sea colándose por la puerta de atrás) a una sala parisina donde se celebra el Festival de Cine Mudo. Allí, asombrados verán las peripecias de Harold Lloyd (de nuevo con alusión a los mecanismo), Buster Keaton y claro, George Méliès.
Scorsese, que hace un breve cameo fotografiando a Méliès en su estudio, ha creado una obra vitalista y deliciosa (a partir de la novela gráfica de Brian Selznick), que todo niño y no tan niño debería ver para comprender y amar el cine. Si yo tuviera hijos les llevaría sin dudar a ver “La Invención de Hugo” con la esperanza de que ellos también sintieran amor algún día por este mecanismo “sin futuro”.

lunes, 27 de febrero de 2012

"SHAME" Steve McQueen (2011)








Estamos, como dicen los anglosajones, sobresexualizados (oversexualized) . El sexo se ha vuelto viral, imposible ignorarlo: en la publicidad, en los artículos más leídos de la prensa, Internet (todo el mundo sabe que en Internet sólo hay gatos y porno). Se ha vuelto casi imposible vivir un sexualidad ajena a las multipantallas, los gifs animados, el porno de oficina, las fotos y videos amateur, el Cumloader, el You Jizz y toda la pesca. El porno como nueva moral dominante.
La avalancha de referentes sexuales se troca en obsesión malsana y puede impedir el  desarrollo de una sexualidad propia y auténtica,  alejada de los referentes vinculados a relaciones de poder. Referentes menos politizados (“El cuerpo es una entidad biopolítica” diríamos, malcitando a Foucault), menos hegemónicos en definitiva. Y salgo de aquí porque me estoy metiendo en un jardín.
De la viralidad del sexo y su capacidad autodestructora nos habla Steve McQueen, artista y cineasta ganador del prestigioso Turner Prize en 1999 y que sorprendió al mundo  con su ópera prima “Hunger” también con su amadísimo ( ¡y cómo no amarlo!) Michael Fassbender. “Hunger” es un peliculón y sólo puedo deshacerme en elogios ante tamaña obra de arte, pero, hablemos de “Shame”, que, desgraciadamente no es “Hunger”.



Brandon (Michael Fassbender) es un treintañero atractivo (bueno, vale, atractivo se queda corto) que lo tiene todo para ser feliz: está más bueno que el pan, un bonito apartamento en Manhattan, trabajo como ejecutivo y éxito con las mujeres. Pero Brandon está absolutamente podrido por dentro. Un lisiado sentimental  obsesionado y adicto al sexo: páginas web,  prostitutas, web cams, ligues de “aquí te pillo aquí te mato” y cuando todo esto no funciona, masturbaciones compulsivas, aunque sean en el baño de la oficina o relaciones en cuartos oscuros sin importar carne o pescado. Todo vale para sentirse menos jodido, menos frío y muerto por dentro. Porque al fin y al cabo Brandon es un zombie, más parecido a Patrick Batemant que a Chuck Bass, que, por más que folle, siempre se sentirá insatisfecho y vacío. Y para más INRI llega su hermana Sissy (Carey Mulligan) otra disfuncional y caótica mujer, con un pasado que no acabamos de conocer (intento de suicidio, relación ambigua con su hermano) absolutamente desamparada y muy necesitada de cariño que suple con sus impulsos carnales esa falta de amor. Sissy buscará un hueco en la vida de Brandon, incapaz de mantener con ella una auténtica relación fraternal, de hecho, incluso podemos apreciar ciertos destellos incestuosos (la pelea en el sofá y esa manía de encontrarse en las situaciones más íntimas siempre en bolas). Su hermana será la única que de alguna manera le hará revolverse por dentro y mostrar cierta humanidad, con la lágrima furtiva tras escuchar su particular versión de “New York, New York” por ejemplo (subliminalmente un grito de libertad,  una vía de escape) o la angustia final al saberla “fuera de cobertura”, así como la brutal escena de absoluta desesperación mientras escucha a Sissy follar con su jefe (un trepa salido felizmente casado y con hijos) y su huída en un travelling lateral por las calles de Manhattan.



Steve McQueen elige para casi toda la película, excepto escenas de alto contenido sexual, un tono plúmbeo y gris. Gris como el personaje, vestido siempre en tonos neutros, sin vida, en una Nueva York lluviosa y fría. Brandon, se esfuerza, no obstante, por salir de esa telaraña sexual, e intentará, en una de las secuencias más sinceras y emotivas del film, mantener una relación “normal” con su atractiva compañera de trabajo. Su sinceridad es aplastante y, aunque atraído por la chica, Brandon es incapaz de soportar cualquier tipo de vínculo que vaya más allá del puro intercambio de flujos. Para él el sexo necesita ser plano, como en una pantalla, como en los amantes desenfrenados que ve tras la ventana de un rascacielos. Es más, McQueen nos plantea un juego de palabras casi subliminal, cuando durante el encuentro en el hotel con su compañera, le pregunta si su ropa interior es “vintage”, tal y como describió Sissy su sombrero rojo. McQueen parece decirnos que todo lo que huela a posible íntima familiaridad le da sarna perruna.
Aún así, exceptuando la fantástica presentación del personaje en una secuencia inicial sin diálogos, manteniendo su mirada intensa clavada en la guapa pasajera de enfrente o el clímax doloroso, emotivo casi, con la música in crescendo tras el trío con las prostitutas, “Shame” es bastante plana, carente de dramatismo incluso, en la que vemos a los personajes desnudándose continuamente pero sin poder “desnudarse” mentalmente. “Shame”, como “Hunger”, también nos habla del aislamiento, pero está carente de esa profundidad, de la perfección de su primera película. Tiene un buen ritmo pero quizás debido a la mano de Aby Morgan (también guionista de “The Iron Lady”, alegato carca y conservador) el guión queda más tamizado y sin profundidad.
Eso sí, chicos, chicas, Fassbender, además de un fabuloso actor digno de la Copa Volpi, que sabe transmitir solo con una mirada un abanico de emociones que van desde la lujuria hasta la desesperación, es EL hombre. Alguien dijo que Michael,  tenía una belleza equina, y la verdad es que no podría encontrar un mejor adjetivo.

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lunes, 6 de febrero de 2012

"TINKER, TAILOR, SOLDIER SPY" Tomas Alfredson (2011)




Confieso, que, cuando terminó la película,  se me quedó cara de “Ostia, no sé si he acabado de entender algo”. Luego, poniendo los hechos sobre la mesa, ves que sí, que algo has pillado, pero tampoco tanto. Tienen que pasar unas horas,  una semi-extensa reflexión y algo de Wikipedia para no sentirte una completa retrasada. “Tinker, Tailor, Soldier, Spy" (me niego a llamarla “El Topo”) , basada en el best-seller de John Le Carré, es ciertamente, una película de difícil comprensión, pero no por ello críptica o elevada, aunque sí necesita un alto grado de atención por parte del espectador. Paradójicamente su trama es bien simple: hay un topo soviético en lo más alto de los Servicios de Inteligencia británicos, que ellos llaman Circus (por su proximidad a Cambridge Circus). George Smiley (Gary Oldman), agente veterano retirado a la fuerza después de la destitución del alto mando, será el encargado de descubrir quién de los cinco hombres de la cúpula es el traidor. Punto pelota.



Claro que Tomas Alfredson, director también de la acertadísima historia de vampiros pre-pubers “Déjame Entrar”, no nos lo pone tan fácil. Empieza entrando de lleno en el meollo, con un espía británico tiroteado, enviado por Control (mítico John Hurt), el jefazo de los espías británicos, para conseguir el nombre en clave del topo. A partir de ahí, y una vez desplazado Control de la cúpula debido a este grueso error y posterior muerte natural, el rumor del topo llega a Lacon (jefe del llamado Servicio Civil, mano derecha del Primer Ministro) que asigna al melancólico y paternal agente Smiley la misión de descubrir y cazar al topo que está poniendo en jaque la seguridad de occidente. Será el “desertor” Ricky Tarr (Tom Hardy), gracias a un affaire con la mujer de un agente ruso, quien dé una de las principales claves para, tirando del hilo y de una forma brillantemente analógica, descubrir quién es el traidor. Porque de lo que nos habla Alfredson es de eso: del compromiso y de aquellos que “por motivos estéticos o morales” (como dice el topo una vez cazado) lo transgreden e inevitablemente, lo traicionan. En una época donde los escándalos financieros, los empresarios corruptos y los políticos sin escrúpulos están a la orden del día “Tinker, Tailor, Soldier, Spy” es más contemporánea de lo que aparentemente parece.




Olvidémonos del imaginario clásico: aquí no hay ni chicas Bond, ni piruetas en Aston Martins, ni agentes sexies con mil gadgets hi-tech. Alfredson retrata la vida del espía como la de un funcionario, gris, un poco freaky, tirando a casposete y solitario. Mucha pana, mucha felpa y mucho tweed. Domina una estética sobria, apagada, rozando la serie B en la que destacaría esa sala insonorizada en la que la cúpula se reúne (un pequeño bunker-ataúd retro), unos secundarios de auténtico lujo (Colin Firth, Toby Jones, Ciarán Hinds o David Dencik) y una serie de metáforas visuales en ocasiones obvias pero muy personales. Y no sólo eso:  destacar el fantástico, sobrio pero efectivo montaje a base de flashbacks y sobre todo a “cara de vieja” Oldman, ese maravilloso actor semi-olvidado por muchos y del que celebro su rescate para la gran pantalla, no sólo en papeles secundarios como el Comisario jefe de Gotham, si no para papelazos, que es para lo que realmente vale.  Oldman es pura contención, puro arte interpretativo. Su economía gestual, sus miradas, sus silencios son precisos y acertados, reinventando así el personaje al que Alec Guinness ya dio vida en la serie que la BBC hizo de la novela de Le Carré. Smiley se nos muestra riguroso  y justo, con aspecto de profesor de literatura y un punto romántico (podemos oír el crujido de su corazón roto en pedazos tras el fatal descubrimiento de la infidelidad de su mujer) y que mantiene un curioso pulso mental con su homólogo soviético, Karla, un ente para el espectador (ya que nunca lo vemos en pantalla) que parece poseer parte del alma de Smiley con ese mechero simbólico que tanto le pesa.

Después de ver la maravilla pre-digital que ha compuesto Tomas Alfredson, miro con otros ojos  a John Le Carré,  ex –agente del MI6 por cierto, que para mí era más bien una lectura de madres, y me pregunto si es verdad que revolucionó con su “Karla Trilogy” la novela de espías.  Desafortunadamente no he leído la novela así que no puedo decir eso de: el libro es mejor. Pero desde luego la película sí es mejor. Es mejor, más profunda y sutil de lo que uno puede esperar de una simple película de espías.


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viernes, 23 de diciembre de 2011

"MERCADO DE FUTUROS" Mercedes Álvarez

Una de las películas más esperadas de L’Alternativa, uno de los festivales más longevos de la ciudad de Barcelona, pese a carecer de una hoja de ruta clara (nunca he sabido muy bien qué tipo de cine engloba la etiqueta “independiente” (¿independiente de qué?), fue la nueva pieza documental de Mercedes Álvarez Mercado de Futuros, que ya pudo verse en la pasada edición del casi difunto (¡pero no, afortunadamente!) Festival Punto de Vista en Noviembre.
Mercedes Álvarez ha elaborado esta pieza de forma totalmente artesanal, meticulosamente rodada durante casi 3 años,  ya que empezó a gestarse al poco de estallar la madre de todas las crisis. Con planos precisos como un reloj suizo nos muestra una perspectiva aérea de la mecánica del capitalismo, mediante piezas, que, como los pedazos de un patchwork, nos dan una visión global pero fragmentada. Como estas mantas de dudoso gusto, o como si de un jarrón roto y vuelto a pegar se tratara, el conjunto en sí resulta algo defectuoso, pero no por ello desaconsejable. Al contrario, y más viendo dónde nos encontramos ahora mismo.


El desmantelamiento de una casa del Eixample y su posterior venta de enseres en el mercado de los Encants de Barcelona, los brokers castizos vendiendo activos con futuro, los casposos comerciales de una macro feria inmobiliaria donde todo, incluso las casas, son de cartón piedra, el viejo y su parcela de árboles frutales acorralada por la modernidad son varios de estos fragmentos de una sociedad  con tendencia a la acumulación. Acumulación sin sentido que nos ha llevado a la bancarrota.



Acumulación de objetos como la que posee uno de los protagonistas del film, Jesús, un viejo sin ley ni orden, rey de su cochambroso puesto en los Encantes que resume su filosofía con la  frase “si lo vendes no lo tienes” mientras ostenta a sus espaldas un imperio de objetos polvorientos y nos “consuela” con una serie de píldoras de vida mientras vive sus lunes al sol. Aunque realmente, dentro de su filosofía anarquista y buen rollera encierra el mismo síndrome mortal que aqueja a este nuestro sistema y que probablemente,, después del final de sus días, su parcela, su casa y todos los cachivaches amontonados, que no vendió por no perder , serán desmantelados y desperdigados, y vendidos por los mercados.
El cartón piedra, el simulacro, la compra y venta de humo, de casas no construidas, la especulación  financiera objetos que se cubrirán de polvo y desaparecerán como desaparecen nuestro futuros. Un documental que en su claridad excesiva peca en ocasiones de tener un discurso simple y poco elaborado,  más que poco elaborado podríamos decir de tendencias maniqueístas. Me horrorizó, además, el uso de la voz en over, extremadamente didascálica y pedante, que por suerte, no acompaña todo el documental.

Un documental que hubiera funcionado mejor sin un final tan marcado por la figura de Jesús, el vendedor ácrata, que parece dejarnos un falso buen sabor de boca. Se comentó que Mercedes Álvarez quiso dejar el final abierto, un SIN FIN, como en las películas de Val del Omar en lugar de FIN, cosa que, si la industria lo hubiese permitido, le hubiera ido como anillo al dedo, porque desde luego, esta crisis, y más que de la económica hablo de la humana, no tiene fin.

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jueves, 22 de diciembre de 2011

"MELANCHOLIA" Lars Von Trier




Los antiguos griegos creían que cuatro líquidos corporales, llamados “humores” no sólo explicaban todas las enfermedades sino los diferentes temperamentos y sus cambios: estaban los sanguíneos, los flemáticos, los coléricos y los melancólicos, estos últimos acusados de un exceso de bilis negra que les producía una enorme tristeza y desazón. Una de las representaciones artísticas más conocidas de la melancolía es el grabado que Durero hizo en 1514, donde aparece un ángel/mujer de aspecto desaliñado, rodeada de diferentes objetos desordenados, muchos de ellos relacionados con la geometría y la matemática, cargados de simbología. Al fondo, sobre el horizonte , vemos el brillo de la luna y de un extraño cometa afincado en el arcoíris nocturno que cruza el cielo.




 Propiamente cual grabados u estampas Melancholia arranca con una serie de hipnóticas imágenes premonitorias que resumen la narración de la película. Una novia que avanza penosamente arrastrando unos lastres de lana gris, la madre sosteniendo a su hijo caminando por una tierra que se hunde a cada paso, nuevamente la novia, cual Ofelia, rodeada de plantas  (se dice que uno de los remedios contra la melancolía eran las plantas acuíferas) arrastrada por un río, una caballo desfalleciendo,  un enorme planeta colisionando contra la tierra…Imágenes pulidas y limpias, tableau vivants a cámara lenta que combina, durante todo el metraje, con fragmentos de Tristán e Isolda de Wagner, dotándolas de una fuerte carga poética.


Melancholia es una historia apocalíptica sobre la destrucción de la tierra, pero también un drama íntimo, la historia de dos hermanas de carácter (humores?) muy diferentes. Una,  Justine (Kristen Dunst),  claramente melancólica, taciturna, inestable, la otra, Claire (Charlotte Gainsbourg), flemática, equilibrada y muy organizada.  Confluyen dos dramas, como los dos planetas, como las dos hermanas. Por un lado el drama familiar que Lars Von Trier filma de manera muy íntima en espacios generalmente cerrados,  las relaciones familiares deterioradas, las apariencias finalmente dinamitadas entre el jefe y la empleada, la soledad y el miedo no sólo ante un futuro en pareja sino ante un futuro del todo catastrófico, que de alguna manera Justine intuye. Y por otro lado, el drama apocalíptico de enfrentarse al fin del mundo, al fin de la existencia humana con la máxima dignidad posible, aunque hasta el último momento la fe en la ciencia lleve a pensar que ese final inexorable puede ser esquivado. Von Trier disecciona con absoluta desesperanza y derrotismo el espíritu humano  a través de las  hermanas protagonistas,  en cierto modo recordando a esos burgueses atrapados en El ángel Exterminador, enjaulados en su fastuosa residencia, con el cupo material más que cubierto, pero fuertemente desequilibrados emocionalmente.



Justine sabe, Justine intuye que “el mundo está lleno de maldad” y que por ende su desaparición no resultará una gran pérdida. Justine, como ese ángel de Durero, que vaga entre el abatimiento y la desidia, se ve reflejada y en cierto modo reconfortada por Melancholia el planeta que orbita peligrosamente cercano a la tierra y que acabará por arrasarlo (incluso tienen un momento de comunión en una preciosa escena en la que ella se baña desnuda con su plúmbea luz).
Nadie mejor que Lars Von Trier, cineasta melancólico por excelencia, malhumorado, sombrío y provocador, para hacernos reflexionar sobre el lado más oscuro de la existencia abocada a la soledad y la destrucción durante dos horas y pico, de manera hipnótica e implacable.

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martes, 27 de septiembre de 2011

"EL ÁRBOL DE LA VIDA" Terrence Malick (2011)






En primer lugar aclararé que no soy una devota de Terence Malick, con ello quiero decir que respeto su obra pero no me declaro fan. Digo esto porque muchas veces nos pueden los amores incondicionales y nos impiden ver con claridad:  uno debe matar a sus ídolos. En este caso yo  ya fui llorada y realicé mi propio “cinecidio” en casa. Bien es cierto que conociendo el corpus poético de Malick  sabía por donde irían los tiros y tenía cierto temor de ver dos horas de paja mental con muchas cortinas a contraluz y primerísimos planos de pajarillos moribundos. Quizás por estos temores, me gustó más de lo que en un principio creí que me gustaría.
 No nos engañemos, no es una película difícil de ver, pero sí es una película difícil de digerir, más que por su complejidad narrativa, por su exceso de contenidos. El árbol de la vida es una película inabarcable, extremadamente poética, excesiva en todos los sentidos. Querer contar el origen del universo, darnos una lección pseudo filosófica sobre la conceptos estéticos como la Gracia, la Bondad, la Belleza y sus interrelaciones, coquetear con la eterna búsqueda del sentido de la vida y entender el binomio vida/muerte a través de la historia de una familia en los años cincuenta (contando además con la presencia mainstream de Brad Pitt y Sean Pean) quizás sean demasiadas cosas para contar en una sola película.


Los mecanismos e imágenes que empleó en sus últimas películas como La delgada línea roja o El nuevo mundo se vuelven a repetir aquí hasta la saciedad, pero Terence se arremanga y da lo mejor de sí mismo (y de su operador Lubezki, auténtico maestro de la luz) depurando aquello que ya vimos en sus dos anteriores películas: imágenes preciosistas, muchas fruto de horas y horas de rodaje y en ocasiones del puro azar, voz en over, atípica continuidad narrativa, donde un plano no tiene porqué corresponderse con el plano siguiente y una selección de piezas clásicas inmejorables.
El árbol de la vida recuerda en ocasiones a Zerkalo de Tarkovski, una narración personal y nostálgica que reflexiona sobre la infancia y los recuerdos centrándose en la presencia de la madre como símbolo, (en el caso de Tarkovski estaba más relacionado con el concepto Historia) que en Malick se traduce como una presencia más cercana a la verdadera naturaleza de lo divino, representación de la Gracia y  la Bondad (en mayúsculas) y daimon benefactor creadora de vida. Así como Tarkovski hace su propio Amarcord, Malick parece citar en cambio a Otto e mezzo con ese final de redención en la playa del reencuentro, creando un limbo espiritual de perdón y purificación.



Personalmente creo que la clave del cine de Malick reside en que éste va más allá del mero dispositivo cinematográfico, es decir, exige una mirada y un acercamiento que estaría más relacionado con la contemplación del objeto artístico, y en consecuencia de un juicio más cercano a la reflexión estética, que al análisis puramente cinematográfico. No podemos enfrentarnos a una película de Malick con las mismas herramientas que nos enfrentamos a una película de Sodeberg (sin desmerecer). No son la misma liga, es más, no son ni siquiera el mismo deporte. Tal empacho de belleza solo se puede disfrutar si uno se deja llevar y suspende el interés en pro de forjarse un juicio estético, es decir, al más puro estilo Kantiano, dejarnos llevar por las imágenes sin esperar una satisfacción ni una finalidad. No se hasta que punto las recurrentes imágenes de naturaleza (los trigales, el mar, el pájaro que cruza el cielo) son realmente un rebus que crean contenido y sentido narrativo mediante alusiones, o meramente iconos de pura contemplación, de puro goce estético.





Aún así Malick mea fuera de tiesto en muchas ocasiones. Es el exceso lo que acaba pasando factura a la película, como en ese momento Jurassic Park donde uno piensa; “Terence, no hacía falta.”. En su deriva Érase una vez… la vida Malick se pierde para volver a encontrarse en casa de los O’Brian, sus conflictos matrimoniales, su relación con los hijos y sobre todo el paso de la infancia a la madurez del joven Jack , sin duda la parte más interesante del film. Por otro lado y personalmente Brad Pitt no me entusiasma y me recuerda demasiadas veces al personaje de Inglorious Basterds y su mentón salido (cosa que se empeñó en hacer, como si de un Marlon Brando y sus bastoncillos de algodón se tratase, por más que Tarantino intentará disuadirle). Aquí parece que Malick no logró hacerle entender que no era necesario forzar el mentón para parecer un padre severo. Como última meada decir que su particular visión cristiano/mística acaba transformándose en una suerte de falso trascendentalismo que se convierte en ocasiones en un burdo libro de autoayuda rozando el Coehlismo.
Ahora bien, a pesar de sus pretensiones de proporciones cósmicas el film nos ofrece píldoras de gran intensidad y belleza, que hay que tomarlas así, como pura contemplación, sin tragarnos todo el cuento místico. No obstante y a pesar de la pretenciosidad de la obra,  aprovecho para denunciar algunas salas de cine que,  no contentos con repartir flyers en la cola de taquillas avisando de la dureza conceptual de la película y recomendando su salida inmediata de la sala en caso de aburrimiento extremo, también devolvían el dinero de la entrada para evitar la pataleta. Esto me parece, no solo tratar al espectador como un niño de tres años y presuponer su ignorancia y su incapacidad para gozar de una narración heterodoxa, si no fomentar la mediocridad y la falta de espíritu crítico.


domingo, 11 de septiembre de 2011

"BRIDESMAIDS" Paul Feig (2011)



No sé cómo he podido tardar tanto en ver La Boda de mi mejor amiga (Bridesmaids) con las ganas que tenía desde que supe de su existencia hace unos meses. Quizá porque esperaba un acontecimiento grupal y femenino, de esos que se dan rara vez ya, que nos reuniera en una sala de cine, con palomitas, chuches y toda la pesca, dispuestas a identificarnos con las protagonistas y reírnos de nosotras mismas. Pero quizás porque la he visto más sola que la una, la comedia desternillante se convirtió al final en alguna cosa más emotiva. Imposible suspender la drama-queen que hay en mí.

Paul Feig
también director de la serie cómica Freaks and Geeks que descubrió a James Franco y Seth Rogen, ya me hizo reír a mandíbula batiente con Lío Embarazoso (Knocked up), a pesar de la porquería de título en español. Una película descarada, super fresca con un humor freak y del cual me he apropiado para uso personal alguna coletilla, como “las mejores cosas siempre vienen de dos en dos: Fíjate en Volcano y Dante’s Peak o Deep Impact y Armagedon”. Junto con Judd Apatow y su inconfundible sello como productor, Kristen Wiig, una de las mejores comediantes actuales perteneciente a la corte irreverente del SNL que protagoniza el film y firma el guión junto con su compañera de troupe cómica en The Groundlings Annie Mumolo, Bridesmaids abre todo un mundo de posibilidades en la comedia actual americana (y la cada vez mayor aportación de cómicas como Tina Fey o Sarah Silverman) y se revela como la comedia del año, al nivel de The Hangover 2 de la que me declaro fan absoluta después de hacerme pasar los mejores momentos en una sala de cine.




Annie (Wiig), cuya vida dio un vuelco cuando quebró su pequeño  negocio de pastelería junto con su relación amorosa, comparte frustraciones y alegrías con su amiga de la infancia Lillian (Maya Rudolph), que, tras comprometerse con su novio, nombrará a Annie madrina de honor y la responsable de organizar todo el cotarro bodil. El problema viene cuando la nueva amiga de Lillian, la perfectísima Hellen (Rose Byrne), empieza a cobrar protagonismo y crea cierta distancia entre las amigas provocando los arrebatos más esperpénticos de una cada vez más histriónica Annie, una completa loser de desastrosa vida amorosa y capacidad infinita para liarla parda.  




Olvídate de una película de chicas al uso. La boda de mi mejor amiga empieza ya fuerte con un polvo de risa con Ted (John Hamm, mucho menos apetecible que en Mad Men) el follamigo de Annie. Al minuto 5, cuando ella se levanta con sigilo para arreglarse, volver a la cama y fingir que se despierta perfecta ya me había enamorado completamente del personaje y sabía que cualquier cosa que hiciera me iba a producir una infinita simpatía. Y es que todo está dotado de una profunda sensibilidad, de una sincera autoparodia, de un guión  y una puesta en escena que da barra libre de improvisación a los actores, que forjan sus personajes con fuerte gestualidad,  de tal manera que ciertas situaciones nos parecen haberlas vivido en primera persona una noche de borrachera, donde el tiempo se dilata y uno no se cansa de hacer el capullo.




Y es que se trata de eso, de hacer el capullo, de que las chicas, la pelis de chicas también pueden ser gamberras, también pueden tener ataques de diarrea y cagarse encima (uno de los mejores gags de la película), tener ataques de ira y de celos en pro de la exclusividad amiguíl sin que eso suene a rollo-bollo, hacer el ridículo hasta límites insospechados, imitar a una polla con huevos incluidos ("los codos no me permiten hacerlos redondos") y reírse de una misma, de la feminidad y todas sus teorías sin ambages. Pero además, La Boda de mi mejor amiga, suelda todo esta metralleta de vandalismo cómico con una sensibilidad y una gracia exquisita. Y lloré. Lloré en la comedia más macarra porque obviamente también hablaba de mí, de la soledad que comporta ciertas decisiones, del miedo a la perdida de aquello amado y cercano, miedo de los cambios, del abismo de la madurez y la edad adulta unido al complejo de loser-peterpanesco que acompaña a mi generación y a la de mis compinches.

Me declaro absolutamente enamorada de este film. Porque soy chica, pensaréis: pues igual sí, obvio, ¿para qué negarlo?, es un tipo de humor con una sensibilidad muy cercana y una patanería femenina que sorprende cuando la ves reflejada en pantalla (porque son cosas que nos pasan a la mayoría, pero que pocas veces se desvelan)  pero también porque amo el cine sincero, sencillo en su finalidad pero rico en texturas, capaz de arrancarme una carcajada desde las entrañas. Y éste lo es.